A mediados de la década de 1970, la forma en que el mundo consumía historias cambió para siempre. Durante casi un siglo, el cine había sido un acto colectivo y efímero: para ver una película, había que desplazarse a una sala a oscuras, comprar una entrada y someterse a los horarios impuestos por las distribuidoras. La televisión ofreció una alternativa doméstica, pero mantenía la tiranía de la programación. Sin embargo, la llegada del vídeo analógico doméstico concedió al espectador un poder inédito: la soberanía del tiempo y del espacio.